Estás distinta, no eres como eras, no miras como mirabas. Algo te ha pasado. Me miras distinto. Ahora me miras como si fueras capaz de hacer cosas que nunca sentí que fueras capaz de hacer y que por eso nunca te pedí. Porque sé que hay cosas que te dan reparo hacer o al menos te daban reparo hacer. Ya no sé si te da reparo hacer nada, porque me miras como si no te diera reparo hacer nada de lo que nunca te pedí, porque tenías reparos. A lo mejor me equivoqué al no pedirte hacer más cosas que las que hacíamos y tendría que habértelas pedido. Quizá las has hecho ya con alguien que te las pidió. Has podido hacer muchas cosas en este mes que llevo sin verte. Tu casa, la de tantas tardes con tantas películas con tantas cosas que me decías sin decirme, está ahora tan irreconocible como tú. Parece la casa de alguien a la que se le pueden pedir hacer muchas cosas. Te miro y pienso que talvez podremos hacer cosas que nunca te pedí que hiciéramos. Ahora que me miras como si estuvieras dispuesta a saltar a un barranco en cualquier momento. Me fuerzas a comerme entera una tarta de chocolate y nata, cuando sabes de sobra que no me gusta nada el chocolate y que a la única Nata que quiero probar es a ti. Aun así me trago una cucharada tras otra porque puede que haya llegado la hora de pedirnos cosas que antes nos daban reparo. Tu amigo Ricardo, me dijiste que era tu amigo, eso me dijiste, no tiene reparos en nada. Te mira y lo miras. Sonríes cuando te mira cómo me miras ahora y me metes más tarta de chocolate en la boca. Te limpias el dedo de nata que has cogido de mis labios. Te chupas todo el dedo de una manera exagerada para la cantidad de nata que hay. Algo que antes, que siempre, te dio mucho reparo. Seguro que olvidaste que detesto el chocolate o talvez no lo has olvidado y no te has equivocado de tarta sino de comensal y todo este chocolate con Nata sin reparos es para alguien que no soy yo. Me miras cada vez menos y a él cada vez más. Él responde sin objeciones tanto por el chocolate como por la Nata. A ti esas cosas no te gustan, al menos antes no te gustaban. Puede que ahora hayas cambiado también en eso, puede que el confundido sea yo. El chocolate empieza a movérseme en el estómago. Me das más y más tarta y soy incapaz de decirte que no quiero más, que no quería. Estás feliz, ríes como nunca te vi reír. No te digo nada de la tarta porque me encanta verte reír así. Talvez te ríes así con Ricardo, por Ricardo, que te gusta sin ningún reparo. A él le gustas como el chocolate que me trago entero y que empieza a movérseme en el estómago como un enjambre de abejas dispuestas a atacar. Es el chocolate o el darme cuenta de que no es a mí al que miras como si estuvieras dispuesta a saltar un barranco en cualquier momento. Las abejas empiezan a aguijonear sin parar y todo el dulce dentro de mi estómago muta en veneno, un veneno que me está matando. Me mata Nata. Todo el enjambre se despierta y se revuelve. Sabes que sólo la muerte satisface a las abejas una vez despiertas, son así de vanidosas. Los hombres somos como las abejas, es por vanidad que necesitamos matar.
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