Me estás mirando. Te miro, no puedo parar de mirarte. Me miras y miro a Pablo. Pero no dejes de mirarme aunque te mueras de rabia porque mire a Pablo como te miro a ti. A ti no te miro como lo miro a él. Nunca lo miré como te miro a ti. Pero eso tú, no lo sabes. Desde hace quince días que te miro, desde el día que me atreví a decirte que vinieras. Desde ese mismo día tú me miras y no quieres que te mire mirándome. Hoy te miro mientras provoco a Pablo con la tarta de chocolate que te encanta y que compré hoy en la pastelería a la que te llevé el otro día, cuando fuimos a tomar un café y me contaste que te encantaba la tarta de chocolate con nata y yo te dije que entonces te iba a gustar estar conmigo, porque todo el mundo me llamaba Nata. Te pusiste muy tonto y empezaste a hacer miles de juegos de palabras y a mí me dio mucha risa verte así de tonto, hablando tan rápido mientras yo me reía. Estabas muy lindo hablándome rápido porque yo me reía. Luego me contaste de Sofía y no entendí nada. Me hablaste y me hablaste de ella, de cómo la mirabas, de cómo ella te miraba. Lo comprendí todo. Entonces te pregunté, muy enfadada contigo, para que me respondieras lo que yo ya sabía, y me dijiste que sí. Ya no estabas tonto ni hablabas rápido. Estaba todo claro y no había ningún problema para ti. Por supuesto para mí tampoco. No vas a notar cómo te detesto ni cómo me gustas. Es muy gracioso, a todas mis amigas les gustas mucho. Incluso a mi mamá le encantó aquel día que fuimos de compras con ella y te la metiste en el bolsillo, como haces con todo el mundo. Especialmente si son mujeres, porque a todas nos encanta hablar así con un hombre. Te pasaste con ella toda la tarde en el outlet, hablando de mi papá, de qué color de pelo le iba mejor a sus ojos y de cremas para la cara. Estuviste tan estupendo, que terminó diciéndome que serías un gran yerno. Pero qué idea más absurda. Completamente absurda. No te puedes enamorar de alguien que te entiende tan bien. Eso es algo que sabe todo el mundo, incluso mi mamá, aunque no lo quiera reconocer. No te odié entonces porque me hubieras contado cómo te miras con Sofía. No te odio por cómo me miras ahora, cómo no paras de mirar tu tarta de chocolate favorita en la boca de Pablo. Te odié, te odio, porque me miras así a mí también y me vienen imágenes de todas las mujeres que miraste así. Me puso furiosa no saber a cuántas mujeres has mirado así. Pero lo que ya me volvió loca del todo fue esta sensación tan nueva y tan conocida a la vez. Lo que me llevo a comprar tu tarta de chocolate favorita en la pastelería que te lleve el otro día, para dársela en tus narices a Pablo, que está encantado a pesar de no entender nada. Encantado de que lo llamara para invitarlo a cenar con el pretexto de que se conocieran, porque se iban a caer muy bien. Aunque yo tenía claro que no le ibas a gustar nada y que a ti no te iba a gustar él ni un poquito. Pablo es un imbécil y se ve claramente. Tú lo ves claramente, y si yo no lo vi fue porque entonces yo también era una imbécil igual. Pero ahora que lo veo mirándome como lleva mirándome un año, sé que nunca me pudo mirar como me miras tú a mí. En él no existe esa mirada a la que le tenía tanto miedo y luego tanta rabia. Rabia de que no me miraras. Y ahora se te ocurre mirarme así. Me siento igual que una fruta llena de jugo que desea explotar. Tirarme de la rama para que algún ser vivo me beba por completo. Por eso se abren solas cuando caen a la tierra. No es por el golpe, como supone la ley de la gravedad, sino para ofrecer todo el jugo que se remueve dentro y que ya no pueden soportar más. Ahora Pablo me mira como queriéndose llenar la boca, no sólo de tu tarta de chocolate favorita, sino de toda la Nata. En cambio, su boca y la mía se llenan de saliva y no de chocolate. Pablo está aquí, pero no es lo que quiero. Ya no. Lo que quiero está en esta casa y me mira. Lo que siento es que me roza los pechos, que con un dedo me quema una línea que va desde mi ombligo hasta mi pubis.
Si no te odiara tanto te confesaría que tengo sueños contigo dentro del mar, pero seguro que tú ya lo sabes. Seguro que sabes muchas cosas que no tengo ni idea. Hay un montón de cosas que todo el mundo sabe y que yo no tengo ni idea. Antes quería ser de esas personas que no saben nada. Ahora me pasa que todo lo que antes me interesaba dejó de interesarme y me perece imbécil. Como Pablo y como yo antes de ir a tomar un café y que me mostraras la tarta de chocolate y nata en la pastelería. Antes de saber que se puede estar llena de jugo y a punto de explotar. Ahora por fin me reclamas tu tarta favorita de chocolate, que ya se comió Pablo en tus narices ¿La quieres ya? ¿La quieres ahora? Tendrás que atraparla con tu boca experta, tu boca que sabe de tartas y de miles de cosas que no tengo ni idea. Yo sólo sé cosas sencillas, como que la nata pierde toda la firmeza cuando se acerca al calor.
Publicado por: |