Los amantes - René Magritte
Para de mirarme, Nata. Deja de mirarme ya. No puedo dejar de mirarte si no dejas de mirarme. Tampoco lo mires así a él. Me muero de rabia si lo miras como me miras a mí.
¿Cómo puede ser que me entre tanta rabia? Hace apenas quince días que pusiste aquel mensaje para que viniera a visitarte a tu casa. Cuando yo buscaba desesperadamente escapar de Sofía. Era más bien escapar de la relación con Sofía. Quince días llevas mirándome. Yo también te miro sin poder dejar de mirarte, y sin vivir con Sofía y su sofá. Esa eternidad de estar viviendo entre un sí y un no, tan agotadora. Puras incertidumbres. El mundo está lleno de incertidumbres parecidas.
Pablo se muere cuando lo miras como me miras a mí. Más bien es a mí a quién miras como lo miras a él. Llevarás mirándolo así la eternidad de un año. Lleno de incertidumbres. Nata, si fuera honesto te diría que Pablo me cae bien si no fuera porque lo miras como me miras a mí.
Nata, yo te veo como una bomba de incertidumbres de idas y venidas, de te dejo te tomo te dejo, de no sé qué quiero. Cuando pienso en ti me viene la imagen de un helado de chocolate. El chocolate me gusta tanto o más que las incertidumbres, pero no que tú, Nata. Tú estás llena de todo eso. Me miras. Le das con la cuchara toda la tarta de chocolate a Pablo. Llenándolo de chocolate, de nata e incertidumbre. Todo lo que me gusta.
No se puede confiar en nadie que no tenga incertidumbres.
La vida en está casa, desde que llegué hace quince días, es más tranquila cuando no estás. Me quedo leyendo en tu habitación, escribiendo y pensando en Sofía, sentada en su sofá, viendo la tele y muriéndose de risa. Ella, Sofía, tiene esa risa contagiosa que impide que me enfade con ella. Todo se contagia con Sofía, la risa, los gritos, la necesidad de beber, de fumar, y el sexo. Es el precio por tener la cabeza tan espesa de incertidumbre y chocolate.
Nata, me gusta jugar contigo al “como sí”. Me gusta apretarte reflexológicamente tus zonas erógenas y acariciar tu monte de Venus, que se calienta mucho con el contacto de mis dedos, rebosantes de incertidumbre. Me gusta cuando entramos en las nuestras recién estrenadas complicidades, y me dices que Sofía me gusta tanto como Pablo a ti y después, sin ningún complejo, te quedas eróticamente dormida. Y cuando te despiertas y me dices que me sueñas.
Yo me despierto con el olor a café por la mañana y tu forma de canturrear horrorosamente a Sade. Sueño con lamerte toda la incertidumbre de café y fruta, que es lo que desayunas. Fruta. La efe y la ere y la u hacen fru. Y ese sonido me llena la boca de ganas, de beber, de morder, de llenarse de dulce ácido, de sal. De incertidumbre.
Ta! (very much)
Publicado por: Carlos | 01/21/2010 en 07:17 p.m.
¡Qué peligro tiene la nata! Me encanta...
Publicado por: Irina | 01/24/2010 en 10:49 a.m.